Nada está después.
No hay camino.
No hubo viaje.
Se asume que el despertar ocurrirá después.
Después del esfuerzo.
Después de la disciplina.
Después de volverse alguien distinto.
Esa suposición es falsa.
No hay después.
Nada verdadero espera.
La búsqueda comienza cuando se cree que algo falta.
Esa creencia crea distancia.
La distancia no existe.
No hay trayecto hacia lo que es.
Lo buscado no está en otro lugar.
La búsqueda ocurre en lo que ya es.
Esa contradicción se ignora.
No hubo viaje.
El despertar no sucede.
No es un evento.
No es un cambio.
No es una llegada.
Nada ocurre.
Solo cesa una creencia.
El reconocimiento no aparece.
La búsqueda produce movimiento.
El movimiento se interpreta como avance.
Avanzar supone un camino.
No hay camino.
El esfuerzo agita lo que no necesita ser tocado.
Cuando el esfuerzo cesa, nada nuevo aparece.
Lo que estaba cubierto queda expuesto.
Nadie se acerca a la verdad.
Acercarse supone distancia.
La distancia es imaginada.
Esa misma imaginación se llama identidad.
La identidad se apoya en lo que cambia.
El cuerpo cambia.
El pensamiento cambia.
La emoción cambia.
Lo que cambia no puede ser lo que es.
Esto no es filosofía.
Es observación directa.
El cambio es percibido.
Lo que percibe no cambia.
No es personal.
No pertenece a nadie.
La fragilidad depende de una identificación errónea.
Cuando la identificación cesa, no queda defensa.
Nada la reemplaza.
La muerte se teme porque la identidad se confunde con la forma.
La forma termina.
Eso es todo.
Lo que percibe la forma no es forma.
Lo que termina es percibido.
Lo percibido no es lo que percibe.
El miedo no se disuelve aceptando la muerte.
Se disuelve al ver el error de ubicación.
Ese mismo error aparece como búsqueda de libertad.
La libertad se busca en condiciones.
Las condiciones fallan.
Siempre.
No hay desplazamiento.
La libertad no se obtiene.
No se añade nada.
Lo que permanece nunca estuvo ausente.
Cuando el apego al cuerpo, al rol y a la mente colapsa, no aparece ningún estado nuevo.
La quietud no aparece.
La confusión cesa.
El "yo" personal se asume como real.
Cuando se examina, no se encuentra.
Es un reflejo.
Una repetición.
Un ruido mental.
No tiene centro.
No actúa.
No decide.
No continúa.
La separación depende de ese reflejo.
Cuando el reflejo es visto, la separación colapsa.
Nada la reemplaza.
La mente divide.
Yo y otro.
Vida y muerte.
Placer y dolor.
La división es funcional.
No es real.
El sufridor depende de esa división.
Cuando se ve que no es real, el sufrimiento no tiene lugar.
El lenguaje no contiene la verdad.
Las palabras señalan y fallan.
El silencio no se produce.
Es lo que queda cuando señalar cesa.
Ninguna práctica conduce a ello.
Ningún esfuerzo alcanza.
El amor no es una acción.
No es elegido.
No es cultivado.
Permanece cuando no hay identidad que proteger.
No requiere un yo.
Nada faltaba.
Nada se completa.
No hubo viaje.
Nadie fue.
Nada llegó.