El pueblo no dormía.
Había dejado de vigilar.
Las luces apagadas no eran descanso.
Eran retirada.
Como si todo lo que podía nombrar el mundo
hubiera decidido no mirar más.
El cuerpo caminaba.
No para llegar.
No para huir.
Cada paso sonaba de más.
Demasiado presente
para un lugar que ya no necesitaba testigos.
Entonces apareció el potrero.
No fue paisaje.
Interrumpió.
No tenía historia.
No tenía nombre.
No tenía señales.
La luna no iluminaba.
Exponía.
Mostraba lo justo para que nada pudiera ocultarse
y lo insuficiente para que algo pudiera conocerse.
No había sendero.
No había borde.
No había nada que marcara hasta dónde avanzar.
Podía haber una serpiente.
Podía no haberla.
La posibilidad no advertía.
No prometía.
No amenazaba.
Estaba.
El cuerpo lo supo
sin saberlo.
Y caminó.
No por valentía.
No por descuido.
No por deseo.
Caminó porque nada lo retenía.
No hubo un momento claro en que algo cambiara.
Eso se perdió.
El avance continuó
sin dirección.
Cada paso no agregaba distancia.
La quitaba.
Las referencias fallaron.
No como error.
Como abandono.
Llegar dejó de importar.
Regresar también.
No apareció miedo.
Tampoco calma.
Apareció una neutralidad densa.
Nada pedía corrección.
Nada ofrecía alivio.
El cuerpo seguía ahí,
pero ya no como centro.
Era una ocurrencia más
entre otras
sin nombre.
No había vigilancia.
No había expectativa.
Lo que normalmente protege
no estaba activo.
No por falla.
Por ausencia de tarea.
El movimiento continuó
sin propósito
y sin oposición.
No había razón para avanzar.
Ni para detenerse.
La diferencia dejó de importar.
No ocurrió revelación.
No hubo comprensión.
Nada se volvió claro.
Y aun así,
nada pedía ajuste.
Lo que quedaba
no era vacío.
Era lo que permanece
cuando no hay nada
que sostener.
Algo seguía,
pero ya no podía llamarse experiencia.
Ni presencia.
Solo continuidad
sin testigo.
Después,
no hubo después.
Algo continuó,
pero no como secuencia.
No quedó recuerdo claro
de lo atravesado.
Solo una imposibilidad leve
de volver a hablar
igual.
El lenguaje regresó primero.
Incompleto.
Traía palabras
que ya no encajaban
en lo que intentaban señalar.
El cuerpo reapareció
como un objeto reencontrado
que nunca fue necesario.
No hubo aprendizaje.
No hubo enseñanza.
Nada que pudiera llevarse
a otro lugar.
Lo que quedó
no servía.
No respondía preguntas.
No justificaba nada.
No protegía.
Y aun así,
no podía descartarse.
Era un resto sin función.
Un sedimento
que no se integra
ni se opone.
No decía "fue".
No decía "es".
No decía.
Pero interfería.
Interfería suavemente
con la urgencia de explicar.
Con la necesidad de cerrar.
Con el impulso de volver útil
lo que no lo es.
Desde entonces,
algunas cosas
no terminan de sentirse necesarias.
Algunas decisiones
no reclaman ser tomadas.
Algunas rutas seguras
se ven saturadas.
Solo un ajuste mínimo
en la forma
en que lo abierto
ya no se cierra del todo.