El cuerpo acababa de salir de la ducha.
En el cuarto aún se escuchaba la última canción desde la regadera.
Había una claridad serena:
existencia, conciencia, dicha.
Sat–cit–ānanda.
Surgió el impulso de decir algo.
La frase que emergió fue te amo,
pero se sintió pesada,
como si cargara la idea de poseer.
Entonces vino te odio,
y es el mismo movimiento, solo invertido.
Después apareció te dejo ser,
pero contenía permiso,
como si algo pudiera conceder libertad.
De repente emergió te nada.
Al pronunciarlo, todo se volvió claro y ligero.
No había quien dijera,
no había a quién se dijera.
Solo la libertad misma,
celebrándose a sí misma,
sin nadie que la celebre.