El individuo soberano nunca fue soberano

Cómo Occidente confundió un instrumento político con la unidad fundamental de la realidad

Si eliminas el capitalismo, la tecnología y la democracia, el verdadero fundamento del mundo occidental moderno es una sola idea radical: el Individuo Soberano.

La creencia de que un ser humano es una unidad autónoma: propietario de sí mismo, autodirigido, responsable principalmente de su propia vida y separable de las personas y los sistemas vivos de los que forma parte.

Esta idea hizo posibles protecciones importantes. Le permitió a la persona oponerse a las jerarquías heredadas, la culpa colectiva, la autoridad religiosa y el poder arbitrario.

Pero entonces un instrumento político se convirtió en una ontología.1

Comenzamos a creer que el individuo, útil como unidad del derecho, era la unidad fundamental de la realidad.

Durante casi toda la existencia humana, la vida no se organizó alrededor del Individuo Soberano.2 La persona existía, pero nunca aislada.3

Cada cuerpo se alimenta gracias al trabajo de otros. Cada niño depende de una red, y cada adulto también: de quienes cultivan su alimento, construyen su vivienda, mantienen el agua y la electricidad, transmiten el conocimiento y hacen funcionar los sistemas de los que depende su vida.

En la adultez, la dependencia no desaparece; cambia de forma y se vuelve menos visible. El cuidado directo que recibimos de otros queda menos a la vista, mientras seguimos dependiendo cada día de redes de trabajo, infraestructura y conocimiento que damos por sentadas.

El mundo occidental moderno convirtió esa invisibilidad en un principio de organización: estructuró la vida como si la persona existiera independientemente de las redes que la sostienen.

El Individuo Soberano no nos liberó de la dependencia. Simplemente nos enseñó a no verla.

Pero la ficción de nuestra independencia no ha logrado borrar nuestra disposición a actuar en común.4 Un carro se queda varado en medio de una calle.

Sin planearlo, desconocidos se reúnen detrás de él. Las manos tocan el metal. Los cuerpos se alinean. Todos empujan.

Durante unos segundos, la ciudad deja de ser una colección de individuos privados. Se convierte en un organismo coordinado.

Y casi todos lo disfrutan.

No porque el carro sea suyo. No porque les vayan a pagar. No porque empujarlo favorezca sus intereses privados.

Lo disfrutan porque participar es gratificante. Apareció una necesidad y respondieron juntos.

Empujar el carro no es una excepción. Lo mismo ocurre cuando vecinos ayudan a subir un mueble por las escaleras, personas forman una cadena en una emergencia, personas llevan comida a la casa de alguien que está enfermo, adultos cuidan a otros niños, las herramientas pasan de una casa a otra, el conocimiento se enseña libremente, se reparan los espacios comunes, las voces se unen en el canto o las personas se reúnen alrededor de alguien que está de duelo. Estos momentos no son excepciones. Son la naturaleza humana actuando en común.

Estos momentos se sienten tan vivos porque por un instante recuperamos algo que la vida organizada alrededor del Individuo Soberano suprime: la experiencia de no ser un yo aislado que ayuda a otro yo aislado, sino un mismo movimiento en muchos cuerpos.

Esa experiencia muestra la base real de la vida humana: una autonomía que siempre ha sido relacional, sin suprimir a la persona ni someterla a una tribu.

En las ciudades, la vida comunitaria no requiere abandonar la modernidad. Puede comenzar allí donde la dependencia vuelva a hacerse visible: comidas, herramientas y cuidados compartidos, espacios comunes, vecinos que se conocen entre sí y sistemas que favorecen la participación en vez del aislamiento.

El Individuo Soberano nunca fue soberano. Desde el principio, otros nos sostuvieron, enseñaron, alimentaron y protegieron. La tarea no es volvernos dependientes, sino darnos cuenta de que nunca fuimos otra cosa.

— Cit Anatman

Referencias

1.Macpherson, C. B. (1962). The Political Theory of Possessive Individualism: Hobbes to Locke. Clarendon Press.

2.Hill, K. R., Walker, R. S., Božičević, M., Eder, J., Headland, T., Hewlett, B., Hurtado, A., Marlowe, F., Wiessner, P., & Wood, B. (2011). Co-residence patterns in hunter-gatherer societies show unique human social structure. Science, 331(6022), 1286–1289. — doi.org

3.Markus, H. R., & Kitayama, S. (1991). Culture and the self: Implications for cognition, emotion, and motivation. Psychological Review, 98(2), 224–253. — doi.org

4.Tomasello, M., Melis, A. P., Tennie, C., Wyman, E., & Herrmann, E. (2012). Two key steps in the evolution of human cooperation: The interdependence hypothesis. Current Anthropology, 53(6), 673–692. — doi.org

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